En una era donde nuestras vidas están cada vez más conectadas a las tecnologías digitales, es fundamental abordar una realidad que afecta especialmente a mujeres, adolescentes, niñas y personas de la comunidad LGBTIQ+: la violencia digital.
La violencia digital es aquella que se ejerce mediante el uso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC). Se trata de actos de discriminación o acoso que, con la intermediación de las nuevas tecnologías, afectan principalmente a personas que no cumplen con los estereotipos de género basados en directrices heteronormativas.
Esta violencia se dirige contra estos grupos a partir de su orientación sexual o identidad de género, generando efectos desproporcionados en sus vidas. No es solo “bullying online”: es una forma específica de violencia de género que utiliza las herramientas digitales como medio para ejercer poder y control.
La violencia digital no es un tema nuevo, pero su relevancia crece día a día por varias razones:
1. Expansión de los espacios digitales: Cada vez pasamos más tiempo en línea, especialmente después de la pandemia. Los espacios digitales se han vuelto extensiones naturales de nuestra vida social, laboral y personal. Antes lo online era un escape del mundo ‘real’, para las generaciones de hoy, lo real es lo online y debemos ser capaces de entenderlo en esa dimensión.
2. Sofisticación de las formas de agresión: Las herramientas tecnológicas evolucionan, y con ellas, las formas de ejercer violencia. Aparecen nuevas modalidades como el deepfake, el ciberflashing y ataques coordinados más elaborados.
3. Impacto amplificado: La violencia digital puede llegar a audiencias masivas en segundos, permanecer en línea indefinidamente y ser replicada infinitamente, multiplicando el daño.
Uso de las TIC para abusar, humillar, amenazar, degradar o intimidar a una persona por razones de género. A diferencia del ciberhostigamiento, basta con un solo incidente para que se configure, aunque puede involucrar múltiples agresores.
Acción deliberada de un adulto para contactar a menores de edad a través de medios electrónicos, ganando su confianza con fines de explotación sexual. Puede ocurrir en redes sociales, chats o juegos en línea.
Creación, distribución o almacenamiento de fotografías, videos o audios de naturaleza sexual sin consentimiento, con el propósito de avergonzar o perjudicar a la víctima.
Rastreo constante de actividades, ubicación e información personal a través de software espía, revisión de mensajes y cuentas, o uso de geolocalizadores sin consentimiento.
Creación y publicación de información falsa o manipulada para dañar la credibilidad de una persona, incluyendo perfiles falsos, deepfakes como fotos creadas con IA y exposición de información privada.
Envío no solicitado de imágenes de genitales o contenido sexual obsceno, incluso en contextos donde previamente existía consentimiento para otras formas de comunicación.
Difusión sin consentimiento de datos personales como teléfonos, domicilios, cuentas bancarias o información privada, exponiendo a la víctima a posibles amenazas o hostigamiento.
La violencia digital genera impactos profundos y duraderos.
Daños psicológicos: Depresión, ansiedad, ataques de pánico, trastornos del sueño, pérdida de autoestima e incluso pensamientos suicidas. El carácter permanente y viral del contenido digital puede intensificar estos efectos.
Aislamiento social: Las víctimas pueden sentir vergüenza o incluso llegar a sentirse culpables y retirarse permanentemente o temporalmente de la vida pública, familiar y social, sintiéndose humilladas y ridiculizadas, y en algunos casos, puede llevar al suicidio.
Impacto económico: Pérdida de trabajo o ingresos cuando se daña la reputación, gastos en servicios legales o tratamientos médicos, y pérdida de oportunidades laborales que dependen del uso de internet.
Limitación de la libertad: Autocensura, uso reducido o abandono de espacios digitales por temor a represalias, afectando la inclusión digital y la libertad de expresión.
Perpetuación de desigualdades: La violencia digital refuerza patrones de discriminación y control hacia grupos ya vulnerabilizados, limitando su participación plena en la sociedad digital.
Hablar de violencia digital es fundamental para:
La violencia digital no es inevitable. Es un problema social que requiere respuestas integrales desde la educación, la legislación, la tecnología y el compromiso de toda la sociedad para crear un entorno digital donde todas las personas puedan participar libremente y sin temor.
En próximas publicaciones abordaremos casos recientes y herramientas concretas como el Protocolo Emma para enfrentar esta problemática.